Verano Ardiente

¡Ufff! El DF (bueno, la CDMX pa’ los cuates modernosos, pero el corazón le dice Distrito Federal) estaba metido hasta las cachas en el pinche verano ardiente. El sol, ese cabrón incansable, no se andaba con chiquitas: pegaba “a todo lo que da” desde temprano, con una cadencia que era pura madriza. No era el calor húmedo de la costa, no. Era un golpe seco, directo, como si el asfalto estuviera empecinado en devolver todo el calorsón que tragaba. Andar por ahí sin tu arsenal de ropa ligera era un suicidio: las playeras de algodón se pegaban al lomo como segunda piel, los shorts eran la ley y hasta los más fresa bajaban la guardia con las sandalias. El aire, pesadito, olía a concreto recalentado, a nieve de garrafa que se derrite rápido y a ese ajetreo único de la ciudad que, aún achicharrándose, no paraba ni un segundo. Pura vibra canicular, compa.

Verano Ardiente

En medio de ese infiernito asfáltico, vivía Eli, una morra estudiante que se movía por las lomas aledañas al centro – tipo San Ángel o Coyoacán de los nice, ¿me entiendes? Su jefa, una diplomática full power metida en Relaciones Exteriores, y su jefe, bien plantado en el consulado, le habían armado una vida que era pura envidia: casa del tamaño de un estadio, piscina para capear el calorón y hasta servicio incluido. Pero aquí está el detalle, compa: con los papás tragándose el mundo en sus chambas ultra top, los veranos de la Eli eran un maratón de soledad. Se la pasaba a todo dar en esa mansión, acompañada nomás por la crew del servicio: la cocinera que le preparaba unos guisados que pa’ qué, la señora que le sacaba brillo hasta a las telarañas… y Felipe, el jardinero.

¡Ah, Felipe! Ese vato era el plot twist en su aburrición de verano. Alto como un poste de luz, espigado, con una piel morena que parecía haber absorbido todo el sol del DF y convertirlo en pura tentación. Cada vez que la Eli lo veía pasar, sudoroso, con los brazos marcados cortando el pasto o podando las bugambilias, sentía un chingadazo de deseo que la dejaba toda alborotada. No era un crush sencillo, no. Era una jalada intensa, caliente, que le hervía la sangre más que el pavimento al mediodía. La morra traía el gusanito bien prendido y, neta, no iba a dejar que esos antojos se quedaran en puras ganas. Tenía un plan, o al menos, una  necesidad que no pensaba ignorar. El verano estaba para vivirse, ¿o no?

Colmo de suerte

Pues resulta que una tarde de esas donde el sol no jugaba, parecía que hasta el pinche destino se había alineado con los antojos de la Eli. La morra estaba ahí, junto a la alberca, ardiendo más que el asfalto de Periférico. Y pa’ colmo de suertes (o desgracias, según como se viera), ¡no había ni un alma en la casa! Nada más ella, el calorón y… Felipe, que andaba echando la mano con las plantas.

La Eli, bien puesta pa’l baile, traía un bikini rojo tan minúsculo que parecía más bien dos banderitas de torero pegadas con fe. Estirada en su toalla como sirena de alberca inflable, aprovechaba los rayos. Felipe, el pobre cabrón, que ya le traía el ojo hecho un huizache desde hacía rato, la espiaba con disimulo desde atrás de un limón. No era pa’ menos, compa. La morra, aunque chaparrita y delgada, tenía un cuerpazo que daba para pensar en pecados: sus nalgas eran de esas que hasta en las revistas top las ponen de portada, compactas y con una curva que invitaba a perderse. El busto, pues sí, era modesto, pero en ese triángulito rojo se veía tan provocador que hasta daba pena ajena la lucha del Felipe por no mirar.

De repente, en un movimiento que parecía salido de sus fantasías más locas, Eli alzó la voz: “¡Oye, Felipe! ¿Me echas bloqueador? Es que no llego a la espalda…” El jardinero se quedó plantado, más tieso que un maguey. ¡No mames! ¿En serio le estaba cayendo esa mamada? El corazón se le quería salir del pecho. Con una mezcla de timidez que lo hacía ver bien tierno y una decisión que lo traicionaba, agarró el bote de bloqueador. Se acercó como si el piso estuviera minado.

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Eli se quedó boca abajo, la espalda al aire, un lienzo moreno esperando sus manos. Felipe, con dedos que temblaban más que borracho en enero, empezó. Primero fue un poquito de loción fría en los hombros. ¡Chin! Eli contuvo el aire. Las manos de él, callosas de tanto jalar manguera y podar rosales, pero increíblemente suaves ahora, empezaron a deslizarse. Recorrieron despacio la parte alta de la espalda, bajando por la columna como explorando un mapa prohibido, hasta llegar a la cintura. Felipe se esmeraba, bien meticuloso, como si fuera un restaurador de arte cubriendo cada rinconcito, cada huesito salido. Eli, por dentro, volaba; sentía cada roce como un chispazo, pero afuera era una estatua, calladita para no delatarse.

Cuando terminó la espalda, Felipe, con la voz apretada como si trajera un nudo en la garganta, soltó: “¿Va quedando, señorita Eli?”. Ella giró la cabeza, le clavó una mirada que era pura candela y le soltó con una picardía que le congeló la sangre: “Uy, no. Todavía me faltan las piernas…”Y ¡zas!, se volteó boca arriba, recargándose en los codos, exhibiéndose completa bajo el sol.

Felipe, que ya sentía el calentón subiéndole por el cuello como marea roja, tragó saliva. ¡A darle, que es mole de olla! Empezó otra vez, ahora por las pantorrillas. Las manos, más seguras pero igual de lentas, subían por los músculos tensos de Eli, llegando a los muslos. Ahí fue el infierno. Deslizaba los dedos de arriba abajo, sintiendo la piel caliente y suave bajo sus palmas. La tanga roja era una burla: tan chiquita que apenas cubría lo esencial, exponiendo casi todo. Felipe sudaba frío, concentradísimo en esparcir la loción sin pasarse de listo y meter los dedos unos centímetros mortales más arriba o más adentro. La tentación era una bestia rugiéndole en la cabeza, insoportable.

Con la voz ya convertida en un hilito tembloroso, casi un susurro, preguntó otra vez: “¿Así… así está bien?”. Eli, que ya iba por su nivel diez de placer, se mordió el labio. Se apoyó mejor en los codos, arqueó ligeramente la cadera hacia él y, con un gesto de esos que derriten almas, señaló sus muslos con la barbilla: ‘Todavía falta por acá…’. No hizo falta más. Felipe, poseído, regresó al muslo. Pero esta vez empezó por el lado externo, subiendo con una lentitud criminal por la cadera, rozando el huesito con el pulgar, para bajar después por la parte delantera, obsesionado con invadir lo único que quedaba virgen de su tacto. Cuando sus dedos llegaron a la parte interna del muslo, rozando la orilla caliente de la tela diminuta, Eli soltó un suspiro. Largo. Húmedo. Felipe, embraguetado, siguió. Su mano subió, milímetro a milímetro, por ese camino peligroso, hasta rozar apenas, sin tocar, el elástico de la tanga en la entrepierna, deslizándose luego hacia atrás, hacia la curva donde nacía la nalga.

Eli, al sentir esa mano tan cerca del paraíso, tuvo que morderse la lengua para no gemir. El calor la inundaba,el pulso le martillaba en las sienes… ¡Y EN ESE MOMENTO! ¡PUM! ¡La chingada! Se oyó el portón de servicio, las voces de la cocinera y la señora de la limpieza llegando del mandado. ¡Justo cuando el Felipe estaba a punto de cometer un acto digno de película! Los dos saltaron como si les hubieran echado agua fría. Eli se recostó de golpe, fingiendo profunda concentración en su bronceado. Felipe, rojo como jitomate, agarró la podadora como si fuera un escudo y se lanzó al pasto como si su vida dependiera de cortar cada brizna de zacate en ese instante. El aire, que antes hervía de deseo, de repente olía a oportunidad perdida y a pinche mala suerte chilanga. Neta, qué mala onda.

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Madrugada Chilanga

El DF olía a madrugada agria—ese aire que ya no es fresco pero tampoco pesado, como si la ciudad estuviera conteniendo el respiro. Eli estacionó su Tsuru tuneado frente a la casa de las Lomas. No era el alcohol de la fiesta fresa en La Condesa lo que la hacía tambalearse, sino los nervios del plan. Tres semanas enteras mirando a Felipe cortar el pasto como si nada hubiera pasado, mientras ella hervía en silencio. Hoy no, compa. Hoy se acababa el teatro.

Felipe, siempre madrugador, estaba en el cuartito de herramientas—un cubo de concreto pegado al garaje, oliendo a gasolina, tierra mojada y esfuerzo viejo. Afilaba las cuchillas de la podadora con cara de concentración, cuando el chirrido del portón eléctrico lo sacó de su trance. ¿Quién chingados a estas horas? Se asomó por la rendija… y ahí estaba ella: vestido plateado corto como herida, tacones de aguja colgando de sus dedos, el humo del antro pegado en la piel.

—¿Señorita Eli? ¿Todo bien?—preguntó, confundido, limpiándose las manos en el pantalón de mezclilla.  

Ella no contestó. Empujó la puerta de golpe. El clic del cerrojo sonó como un balazo en la noche.  

—Ya no aguanto, Felipe—dijo, y su voz no tembló. Era un rugido, una confesión, una orden sin apellidos.  

El jardinero se quedó petrificado. En ese cuartito de tres por tres, las reglas del mundo se borraron. Ya no había señorita rica, ni empleado, ni papás con pasaporte diplomático. Solo dos cuerpos que llevaban semanas comiéndose con los ojos. Eli se acercó, y el vestido plateado resbaló al suelo como cáscara de mango. Abajo solo traía un hilo rojo—el mismo bikini de la piscina.  

—¿Te acuerdas de lo que no terminamos?—susurró, pegando su cuerpo al de él. Felipe sintió el calor de su piel a través de la playera mugrosa de trabajo.  

El vato, que jamás en su vida se había sentido dios, dejó caer la podadora. ¡Clank! Las herramientas retumbaron en el suelo. Ya no hubo timidez, ni preguntas, ni «¿así está bien?». Fue un choque de bocas, dientes y lenguas, como dos perros sacando sed acumulada. Eli le arrancó la playera—¡rasg!—y sus uñas recién pintadas le dibujaron rayitas rojas en la espalda morena.  

Felipe la alzó como si fuera costal de tierra. La sentó sobre la mesa de trabajo—un tablón lleno de llaves stillson, desarmadores y un bote de aceite abierto. El metal frío le puso piel de gallina a Eli.  

—Aquí… entre tus cosas—jadeó ella, abriendo las piernas como llave inglesa.  

Él enterró la cara en su cuello, mordiendo esa piel que olía a vodka y ganas. Sus manos, callosas y aceitosas, le arrancaron el bikini. ¡Pop! El hilo rojo voló hacia un rincón, cerca de una pala olvidada.  

Lo que vino fue rápido, rudo y sin disculpas:

– Felipe se metió entre sus muslos como camión en bache.  

– Eli gritó—no de dolor, sino de alivio animal—cuando él entró de un empujón seco.  

– La mesa crujió; las herramientas saltaron como fichas de dominó. Un martillo cayó reclamando atención. ¡Clank!  

– Él la movía contra el borde de la mesa, agarrándola de las nalgas con fuerza de podadora. Ella le clavaba los talones en la espalda baja, marcándole medias lunas con los tacones que aún no se quitaba.  

– Los gemidos eran bestia, ahogados por el sudor y el olor a grasa de motor. Nada de caricias lentas: era puro golpear, puro sacar lo guardado.  

– Eli, que jamás había sentido algo así, rasguñó la pared de concreto. Las yemas le sangraron un poco. El dolor solo le subió el calor.  

—¡Sí, cabrón! ¡Así!… —rugió, mordiéndole el hombro hasta dejar huella.  

Felipe, el jardinero callado, se transformó. La tomó de la cintura, la volteó boca abajo sobre la mesa (una llave inglesa le clavó el costado, pero ni lo sintió). Le levantó las nalgas—redondas, sudorosas, marcadas por sus dedos—y la penetró por detrás. Más profundo. Más dueño. Eli aplastó la cara contra el tablón, gimiendo en el sabor a metal y polvo.  

El final llegó como aguacero en sequía: rudo, repentino y mojado. Felipe la soltó con un gruñido que parecía salido de un tinaco vacío. Eli tembló toda, las piernas hechas gelatina. Se deslizó de la mesa, resbalando en aceite y propio líquido. Cayó de rodillas frente a él.  

Silencio. Solo respiraciones rotas y el tic-tac de un reloj viejo.  

Felipe ajustó el pantalón. Eli juntó su ropa del suelo—el vestido plateado ahora manchado de grasa negra. No hubo beso, ni promesa, ni «esto no vuelve a pasar».  

—Los Ruiz llegan a las 7… El pasto del frente necesita recorte—dijo él, evitando su mirada, encendiendo un cigarro de cajetilla económica.  

Eli asintió. Se vistió a prisa. Antes de abrir la puerta, pausó. Su pelo revuelto, el rastro de labial corrido por la barbilla.  

—Si vuelvo a arder… ¿sabes dónde encontrarme, verdad?—no era pregunta.  

Felipe miró al cielo, sonriendo por primera vez—cínico, cansado, dueño de un secreto.  

—Sí, señorita.  

Ella desapareció en la madrugada gris. Felipe recogió el hilo rojo del rincón. Lo guardó en el bolsillo del pecho, junto a su cajetilla. Afuera, los pájaros empezaban a chillar. El DF despertaba. La hierba seguía creciendo. Las herramientas amanecieron manchadas. Y nada, absolutamente nada, volvería a ser igual.

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